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21 abril 2007

Mal día para los empresarios del 'zapaterismo': Del Rivero se cae al Sena y Bañuelos naufraga en el Turia

Dos de sus más cualificados representantes se daban una torta monumental, el uno en vergonzosa afrenta del pérfido francés, el otro, el ladrillero más de moda de entre todas las modas patrias, admirado –y hasta admitido en su círculo- por dos jerarcas de la talla de Jesús Polanco y Emilio Botín, en espectacular tocata y fuga que le llevó a perder en un solo día casi un 43% de su cotización, entre convulsos espasmos de muerte rápida por la vía de la quiebra.

Vaya por delante que no se pueden aceptar en modo alguno las prácticas y técnicas de monsieur Roverato, Jean-François, presidente de la constructora francesa Eiffage. Algo grave está pasando con el capitalismo europeo cuando a una persona física o jurídica que acredita la propiedad del 33,2% del capital de una empresa se le cierra a cal y canto la entrada en el Consejo de Administración. He aquí un claro ejemplo de lo que John C. Bogle en The Battle for the Soul of Capitalism denuncia como cáncer del sistema: la rebelión de los gestores contra la propiedad del capital.

Dicho lo cual, parece evidente que Luis del Rivero, antiguo prohombre del PP murciano y hoy asiduo visitante al five o’clock tea de las ocho en Moncloa, ha encontrado en el tal Roverato la horma de su zapato, un hueso duro de roer, un pájaro de siete suelas, un verdadero jidepu que ayer puso contra las barandillas del Sena a ochenta y tantos ricos españoles que, ya es casualidad, habían invertido al unísono en Eiffage y, ya puestos, ea, habían decidido tous ensemble viajar a la capital gala para recoger la preciosa caja de bombones regalo de Jean-François.

De modo que a Del Rivero le han pillao con el carrito del helao por las riveras del Sena, qué se le va a hacer, malditos gabachos, es lo que tiene no conocer el percal político galo como el hispano. En España si uno es rico, pero rico de verdad, como don Luis, un suponer, es fácil entrar en contacto con el poder político, hay abogados con fuste, conseguidores de oficio, politiquillos al peso ansiosos de medro y dispuestos a conducir al recién llegado desde la huerta murciana hasta las escalinatas del Poder. El resto es coser y cantar, aunque implique un cierto cambio de chaqueta política, nunca ideológica, claro está.

Pero don Luis se ha pasao esta vez varios pueblos, porque presentarse por las veredas del Sena en la Junta General de Eiffage y en santa compaña de ochenta y tantos nuevos accionistas españoles es una cantada se mire por donde se mire, hombre de Dios, esa no es forma de pasar desapercibido, que hubiera tenido usted que disimular un poco sus intenciones.

Total que el tal Roverato, un mal bicho al decir de quienes le conocen, se ha dado cuenta de lejos del percal y, como dicen en La Habana, ha mandado a los españoles a mamarla a Parla, después de calificarlos de “naranjeros y jugadores de golf”. El gabacho capitán que los manda en Eiffage ha vuelto a dar a Sacyr con la puerta en las narices, ha prorrogado su mandato otros cinco años y, además, se ha blindado. Y si los españoles quieren, ya saben: a los tribunales.

Porque ese es el drama que ahora afronta la constructora española y quienes, enladrillados hasta el techo, han querido acompañarle en la aventura de tomar el control de la gala, se supone que a cambio de una módica propina: que sólo les queda el camino de los tribunales, y los jueces franchutes tampoco son los hispanos, a quienes tiembla la mano cuando con un potentado topan, y, qué demonio, lo más grave, que la operación muñida por el águila de Murcia despide un tufo a concertación que apesta, y eso es un delito. En España no está claro (el señor Conti opina que no, que ni hablar, que se lo ha dicho Entrecanales al oído), pero en Francia, seguro.

De modo que ahí estamos, de chapuzón en el Sena, fresquitas las aguas bajan por el corazón de Francia, y sin saber nadar. Peor todavía lo de esa nueva sensación del capitalismo patrio que responde al nombre de Enrique Bañuelos, que casi se ahoga ayer en el Turia, que, por cierto, baja seco. Su fulgurante Astroc despedía ayer el aroma de las hojas muertas por donde deambula Rumasa. ¡Tan contenta andaba tanta gente principal por el Paseo de la Castellana, pensando en esa maravillosa Spanish Tower, pica en Flandes, que el galán iba a levantar en pleno corazón de Manhattan! Otra vez será. Lo dicho: un mal día para la emergente clase empresarial de Dottore Zapatero.