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09 junio 2007

Sebastián tocata y fuga

La anécdota no tendría mayor importancia si no fuera porque viene a ser una especie de metáfora de su fugaz paso por la Administración, a la que llegó en olor de multitud y de la que ha salido por la puerta de atrás sin un momento de respiro. Ni siquiera el día de su nombramiento. Siempre envuelto en polémicas y en malentendidos, como la forma de escribir su segundo apellido. Su meteórica vida política evoca a esos caballos pura sangre de porte majestuoso que llegan a las carreras con todas las apuestas a su favor y precedidos de los favores del público y de la crítica, pero que a las primeras de cambio, en la curva de la cuesta de las Perdices, se quedan descolgados del pelotón de cabeza. El famoso discípulo de la Escuela de Minnesota -célebre por sus ideas monetaristas- ni siquiera ha llegado la curva del Pardo, donde comienzan a vislumbrarse los ganadores en el Hipódromo de la Zarzuela.

Miguel Sebastián comenzó a perder terreno nada más llegar Zapatero a Moncloa. La elección de Pedro Solbes para llevar las riendas de la economía le dejó descolocado, pero no descompuesto. Sebastián hizo desde el primer día de la necesidad virtud y sentado en su despacho de secretario de Estado (el mismo rango que el jefe del gabinete de Zapatero) se puso manos a la obra. Se dedicó en cuerpo y alma a preparar el terreno para la siguiente legislatura, colocando a hombres suyos en puestos clave en el área económica de la Administración. En una palabra, creando equipo de cara a la jubilación de Solbes, que en repetidas ocasiones ha dicho que su compromiso con el presidente Zapatero se limita a una legislatura.

La recuperación de la Oficina Económica era un buen trampolín, ya que eso le permitía estar cerca de Zapatero y tener acceso a información clave de la que se cuece en Moncloa. Y sin desgaste político alguno al tratarse de un departamento que sólo hace ‘papeles’ para la Presidencia. Nada de tomar medidas impopulares. Además, y esto es verdaderamente relevante, estaría cerca de la política de nombramientos. Si algo ha aprendido Sebastián en política -también en otras facetas de la vida- es que sin un equipo detrás es difícil aspirar a grandes empresas. Él mismo lo comprobó en sus carnes cuando, tras su fichaje por Zapatero como “economista de prestigio”, se topó con el aparato de Ferraz, siempre receloso de que alguien de fuera, sin carné del partido, dijera lo que había que hacer en asuntos económicos. Sólo el empeño personal de Zapatero -a costa de Jordi Sevilla- hizo posible que Sebastián elaborase el programa económico del PSOE.

Con este ofrecimiento -inmediatamente aceptado por el economista pese a las reticencias del aparato socialista- Sebastián mataba dos pájaros de un tiro. Por un lado, se colocaba en una situación solvente de cara a la formación de un hipotético Gobierno por parte de Zapatero y, por otro, la ocasión se presentaba propicia para crear un equipo alrededor suyo con el que aspirar a mayores metas. Así nació Economistas 2004, un pequeño grupo de expertos que con más pundonor que medios logró sacar adelante el programa económico del Partido Socialista.

Con la llegada de Zapatero a Moncloa, Miguel Sebastián pudo cumplir sus expectativas. Eso sí, tendría que repartir el poder -o, mejor dicho, los cargos- con Pedro Solbes. Los nombramientos de David Vegara como secretario de Estado de Economía, Carlos Arenillas como vicepresidente de la CNMV o, posteriormente, el de Soledad Núñez como directora general del Tesoro son de su cosecha. Su obsesión por alcanzar las mayores cotas de poder dentro de la Administración llegó también a otros ministerios, como el de Industria, donde inicialmente se dio por descontado que Maurici Lucena, también procedente de Economistas 2004, sería nombrado secretario general de la Energía. Al final se impuso un hombre muy cercano a Montilla, Antoni Fernández Segura, pero la sugerencia de Sebastián no cayó en saco roto y Lucena fue nombrado director general del CDTI (Centro para el Desarrollo Tecnológico Industrial), uno de los departamentos que manejan más dinero dentro del organigrama de Industria.

Objetivo: ganar poder

La estrategia de ganar influencia y cotas de poder dentro de la Administración socialista puede explicar sus excelentes relaciones con Montilla durante los tiempos del actual presidente de la Generalitat al frente de Industria.

Montilla, como le ocurrió al propio Sebastián, llegó a Madrid sin un equipo detrás, y eso explica que uno y otro se necesitaran políticamente frente a Economía. Los nuevos aliados se entendieron de maravilla en asuntos extremadamente delicados, como la opa de Gas Natural sobre Endesa haciendo piña frente a Solbes, quien en un ejercicio de real politik tuvo que hacer de tripas corazón para evitar males mayores (incluida su propia dimisión).

Esta ‘pinza’ entre Montilla y Sebastián es la que explica, sin lugar a dudas, la aversión de Zapatero a la opa de la alemana E.On. Es más que probable que si Solbes se hubiera movido con mayor rapidez y contundencia ante el presidente, la historia de las opas sobre Endesa habría que contarla de otra manera. El vicepresidente conocía cómo se las gastaba Sebastián y su influencia sobre el presidente, lo que explica que aprendida la lección acelerara en varios meses la elección de Fernández Ordóñez como gobernador del Banco de España para evitar que Sebastián colocara a un hombre suyo.

En el caso de las opas sobre Endesa, Solbes ha hecho de don Tancredo, y a la larga -paradojas de la vida- la decidida participación de la Oficina Económico de Moncloa en el asalto a Endesa se ha llevado por delante la carrera política de Sebastián. Solbes ya no tiene rival dentro del Gobierno. Si en algo coinciden todos los analistas es que lograr la alcaldía en medio de un cóctel explosivo (‘dossier FG’, ‘caso Conthe’ o presuntos escándalos de la agencia de valores Intermoney) era una misión imposible para cualquier candidato. Sobre todo si el aspirante se llama Miguel Sebastián, cuya mandíbula de cristal es incapaz de aguantar tanto los curtidos envites del Partido Popular (volcado en una descalificación personal) como las presiones de su propio partido, que cuando se enteró de que el economista iba a ser el candidato no se lo podía creer.

Un trabajo provechoso

Sebastián aceptó el reto siendo consciente de lo que le esperaba, pero convencido de que su paso al frente -a la larga- le iba a traer provechosos frutos. Además, aceptar el ofrecimiento del presidente era coherente con su estrategia de abarcar el máximo poder posible dentro del partido, aunque sin hacer un trabajo orgánico. En el mejor de los casos, sería alcalde; en el peor, se tendría que consolar con ser el líder de la oposición en el Ayuntamiento de Madrid, lo que le hubiera dado puntos de cara al partido con vistas a sustituir a Solbes en la próxima legislatura en caso de un triunfo socialista. En su cabeza no había sitio para la tercera de las opciones. La que finalmente ha triunfado. Que los resultados fueran tan rematadamente malos que le obligaran a dimitir llevándose por delante su fugaz carrera política.

Como dice el refrán, cuando no hay harina todo es mohína. Y lo que realmente ha ocurrido en el ayuntamiento de Madrid es que tras la derrota de Sebastián por goleada han aflorado todos los agravios sepultados bajo tierra durante años. Algo así como la rotura de la balsa de Aznalcóllar en el terreno ideológico. Toda la ‘mierda’ acumulada durante años ha salido a flote de la noche a la mañana con un único destinatario: Miguel Sebastián, chivo expiatorio de una crisis larvada durante años en el Partido Socialista de Madrid.

La crisis, además, había sido abonada por el propio Sebastián, incapaz de crear un equipo cohesionado. Marginó al anterior equipo municipal de Trinidad Jiménez (a quien no hizo el menor caso en toda la campaña) y ‘pasó’ olímpicamente del aparato de partido. Intentó hacer una campaña a lo Ségolène Royal, pero la socialista francesa pasó el primer corte y eso le salvó el pellejo. Sebastián, por el contrario, cayó a las primeras de cambio. Y, como se sabe, Roma no paga traidores.