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01 junio 2007

Otra muesca en el revolver del 'tío Pedro', o el cadáver de Sebastián desfilando ante Solbes

Otra muesca en el revolver del tío Pedro. El nombramiento de Pedro Solbes como vicepresidente y ministro de Economía y Hacienda fue una agradable sorpresa para millones de españoles, convertida pronto en la aburrida letanía que ha presidido su estancia en el Ejecutivo a cuenta de su incompatibilidad con Rodríguez Zapatero, asunto que pronto llenó el ruedo ibérico de rumores varios sobre una posible, incluso probable, dimisión.

Al margen de arrinconar las agresivas propuestas fiscales del PSOE nada más aterrizar en el Gobierno, el via crucis de nuestro hombre comenzó en el mismo momento en que las andanzas intervencionistas del Ejecutivo en los asuntos del sector privado de la economía empezaron a hacerse evidentes, un intervencionismo que pronto hizo correr como la pólvora la tesis de la perpetua espantada de Solbes, un hombre a una dimisión ligado.

El asunto se agravó cuando el protagonismo de Montilla como ministro de Industria, en su vertiente de conseguidor de La Caixa en Madrid –recuerden la batalla por Endesa-, se hizo evidente. No había cenáculo capitalino que se precie en el que no pudiera escucharse, una noche sí y otra también, la vieja cantinela del “le están ninguneando tanto, que cualquier día pega el portazo y se va...”

Es verdad que, de forma paralela, el llamado comando del gasto, ya saben, los ministros cuya principal tarea consiste en pedir dinero a Hacienda para gastarlo, presionaba en demanda de más parné, pero esa es presión liviana si los ingresos fiscales crecen como la espuma. Cuando la economía tira, hay dinero para atender cualquier demanda, sacar adelante una modesta reforma fiscal, y seguir liquidando los Presupuestos Generales del Estado (PGE) con superávit. Sin problemas ahí para el tío Pedro.

En estas estábamos cuando Montilla, llamado a más altas tareas, abandonó Madrid para optar a la Presidencia de la Generalitat, desapareciendo así un competidor molesto. Un enemigo menos para el tío Pedro. Pero en el horizonte de La Moncloa emergió con fuerza incontenible la estrella de Miguel Sebastián, un hombre llamado a suplir las carencias en materia económica del presidente del Gobierno, pero en realidad convertido en broker encargado de orquestar las grandes operaciones políticas de desestabilización de empresarios desafectos a la causa, ya sea en el BBVA, en Endesa o donde se tercie. Pero “¿qué hace Solbes? ¿Cómo tolera esto Solbes? Su delicada espalda no va a soportar tanta afrenta –sostenían los enterados-; le ha presentado ya dos veces la dimisión a Zapatero”.

Las andanzas de Sebastián como sumo sacerdote de un clan Intermoney que tenía en Arenillas y Taguas a sus profetas, surtieron el efecto de un terremoto capaz de reducir a cenizas la imagen centrada de un Solbes supuestamente llegado al Gobierno como garantía de ortodoxia, equilibrio y buen hacer. En una última y espectacular pirueta, el presidente confió a su amigo y hombre de confianza el asalto a la alcaldía madrileña.

El señor Zapatero se fue a Ibiza y allí pacto con Romano Prodi la entrada de Enel en Endesa, con despiece de la primera eléctrica española incluido. Solbes ni siquiera estuvo presente en esa cumbre hispano-italiana. Más don Tancredo que nunca, su imagen rodó por los suelos. “Sebastián será ministro de Economía en cuanto acaben las municipales y a poco que saque un resultado digno”, decían las voces del común.

Pero, ¡ay, en esto surgió la dimisión de Manuel Conthe con los devastadores efectos de un tsunami! Rompía la baraja un hombre de la absoluta confianza de Solbes, nombrado por él al frente de la CNMV, con quien incluso se reunió antes de deponer en el Congreso. El increíble intervencionismo del Gobierno quedaba expuesto en plaza pública, y la cabeza del vicepresidente de la CNMV, Arenillas, en la picota.

De repente empezaron a salir papeles comprometedores para los amigos del Gobierno en la CNMV, facturas de cenas astronómicas, colocaciones de favor... Conthe dio otra vuelta de tuerca: “Arenillas me mostró en su casa un dossier procedente de la Oficina Económica del Presidente del Gobierno”. Sebastián estaba tocado y a punto de hundirse. Las municipales, sin embargo, estaban a la vuelta de la esquina, situación que dejó al lince de ZP atado de pies y manos, viendo a su amigo tratando de hacer campaña por los barrios madrileños, cuando a los periodistas lo único que les interesaba eran sus manejos contra FG.

El resto es historia reciente. Sebastián es un cadáver político tras el batacazo cosechado en el Ayuntamiento de Madrid, 5,5 puntos menos que Trinidad Jiménez. Socialistas madrileños le exigen que ni siquiera se le ocurra tomar posesión del acta de concejal. ¿Arenillas? Ni está ni se le espera, y el Gobierno tendrá que sacrificarlo cuando arrecie la caló y se note menos, es decir, en verano.

De pronto, todo el mundo parece convencido de que las trapacerías de este Gobierno son imputables a Montilla, a Sebastián, al lucero del alba y, en particular, a José Luis Rodríguez Zapatero. De modo que el tío Pedro, el hombre siempre de perfil, blanco que te quiero blanco, aparece inmaculado y sin mancha. Un extraterrestre, y una nueva muesca en las cachas de su revolver de funcionario de carrera de toda la vida, avalado por décadas de conocimiento en el manejo de los tiempos. Un monstruo, que hasta se permite el lujo de amenazar con la dimisión si no le dejan hacer los PGE que dice querer para 2008. ¿Quién se atreve ahora con el tío Pedro?